
Luego de haber llenado el bar Berlín con su concierto de debut, la banda local Los Nombres, se presentó en la Galería 10-36, con un saldo similar a su concierto anterior: lleno total, chicas con camisetas de la banda y cantidades de flashes disparando. Aunque no deja de ser curioso que una banda que recién hace sus dos primeros shows, no sólo llene los locales donde se presenta, sinó que además tenga fans entregados. La presentación de esta banda, si bien no fué la mejor, dejó abierta una compuerta que desde hace rato hacía falta en Medellín. Y es que bandas de rock que interpreten indie rock, con influencias visibles de Yo La Tengo, Sonic Youth, por sólo citar las que tienen más pedigree, escasean en el circuito normal de conciertos de la ciudad, en contraposición a la oferta excesiva de (bostezo) “neo-punk” (que tiene poco de neo y poco de punk) o de “emo” que de estilo musical tiene poco, y mucho de moda creada en las agencias de publicidad neoyorkinas para impulsar nuevos productos escondidos detrás las bandas arropadas en dicha trend.
A pesar de no ser músicos virtuosos, Los Nombres están arropados por una actitud bastante sana, y por cierta creatividad en las melodías que consiguen ensamblar. Su música es algo imprecisa pero muy emocionante. La única falla es la misma que puede decirse de un grupo como El Siete, que musicalmente es muy bueno, pero su vocalista está sobreexpuesta, y acaba por hacerle daño a la experiencia que se puede tener de sus shows. Los Nombres no adolecen exactamente de el exceso de protagonismo de la chica de El Siete, pero quienes se encargan de las voces no lo hacen nada bien. Al menos no todavía. Opinión generalizada de algunos de los asistentes, entre quienes se contaban varios músicos de bandas y proyectos en solitario locales, es que los mejores momentos de este segundo show en vivo de Los Nombres, fueron los pasajes instrumentales, algunos de casi 10 minutos, donde había unos crescendos muy emocionantes. Fué unánime la opinión acerca de la baja calidad de la parte vocal. Respecto al hecho de que sus conciertos se llenen sobre todo porque parece que tienen muchos amigos, se podría decir que no está mal, porque la energía de sus fans, se lograba contagiar, y hacía pensar más bien en un intento de crear un hype. Entiéndase por hype, la sobreexposición mediática que logra poner de moda a un artista, como es el caso del New Musical Express (www.nme.com) en Inglaterra, quienes cada semana lanzan al estrellato a grupos que no siempre merecen tal honor, los mismos que, por ello, se desinflan a los pocos meses. Que eso pase en las islas británicas, un lugar que llegó a tener la exportación de discos como su segundo mayor indicador económico a principios de nuestra década, y donde hay un hambre constante de cosas nuevas, es algo bastante natural. Pero no deja de ser ocurrente y bastante curioso en estas latitudes, donde casi nadie compra discos porque la oferta es paupérrima. Si acaso cierta gente compra los de los artistas locales, pero pocos lo hacen en las tiendas de discos que sobrevivieron la entrada desleal de compañías como Tower Records, y la devaluación constante del peso a finales de los ‘90. Así, tiendas míticas como Disctronics y Jota Stereo desaparecieron sin dejar rastro. Cow Music ya lo había hecho antes por la muerte de su propietario, y el famoso Hit Musical en el centro de la ciudad sólo siguió trayendo discos nuevos bastante comerciales, aunque manteniendo cierta ecuación de calidad vs. fama en MTV, rarezas de los ‘80 conseguidas a precio de saldo en Estados Unidos y Europa, y sobre todo, una colección increíble de cd’s de salsa clásica, cautivando con esas tres líneas, un mercado que quizás sólo ellos manejen con tanto éxito hoy. No hay donde comprar un disco importante en nuestra ciudad, que sea actual, que esté por fuera de los circuitos más comerciales, que no exista en MTV. Mucho menos hay donde comprar vinilos nuevos del género que sea. Existen lugares para comprar vinilos, verdaderas joyas de colección, con precios que rondan los 100 mil pesos, pero que aunque están en perfecto estado, su fecha de lanzamiento no supera 1991, salvo contadas excepciones.
Ante tal estado de cosas surgen nuevos interrogantes, y serían relacionados con esta presentación de Los Nombres: ¿Existe o no mercado para que las bandas locales vendan sus discos? Aún sabiendo que somos una economía poco avanzada, ¿Compraríamos los discos que descargamos si los viendieran acá? ¿Ahora que el dólar ha bajado más de mil pesos desde su tope, por allá en 2001 (justo antes de la entrada en vigor del Euro), es posible replantearse la importación de discos? ¿Ante tanta oferta semanal de presentaciones en vivo, que casi siempre tienen éxito, es posible pensar que con el resurgimiento de la oferta musical local (cosa normal dado que acá no viene a tocar casi nadie de afuera) haya un resurgimiento del comercio musical? ¿Compraría el lector estándar, que no es ni coleccionista, ni experto, discos que le gustan de verdad, antes que tener sus iPod llenos de cosas que nunca oye? ¿Vale la pena sacar discos? ¿Vale la pena venderlos?
Ya son alrededor de 20 años los que han pasado desde que se declaró herido de muerte al vinilo, y como están las cosas ahora, parece más fácil que muera el cd que los “acetatos”. Ni siquiera el hecho de ser un derivado del petróleo le quita adeptos, los cuales, además, siguen creciendo y creciendo. El mercado es impredecible, sobre todo si es un mercado alternativo. Ya se sabe que los estudios de mercado convencionales no funcionan para este tipo de cosas. Si Los Nombres llenan los locales con tan poca experiencia en presentaciones en vivo, no debe ser sólo porque al parecer tengan muchos amigos, sinó porque, más bien, al parecer, son muchos quienes se identifican con ellos, con su actitud de entrega, con que el bajo lo toque una chica (se agradece muchísimo que las chicas se tomen los escenarios) y con que toquen el tipo de música que tocan. Puede parecer simple, pero este fenómeno parece ser una pieza pequeña de algo más grande que quizás está por ocurrir. Sólo hacen falta ciertas alianzas,reuniones, tomar la cabeza que evidentemente le falta a lo que ocurre desde que empezó este 2007 en Medellín. Falta que se junte la gente correcta, a la hora correcta y en el lugar correcto, para que una porción significativa de las propuestas musicales de nuestra ciudad tomen un rumbo que nunca antes había tomado, ni siquiera en las mejores épocas de los Estados Alterados, o en la soledad e ignominia en que existieron Los Arboles, quizás la mejor banda colombiana de todos los tiempos (hasta hoy). Puede ser que ya se estén empezando a juntar algunos, a conspirar contra el adormecimiento que suele caracterizarnos incluso teniendo el tesoro frente a nuestros ojos. Hay sed de música buena, variada, la gente empieza a querer algo nuevo, a consumir la música que se hace en la ciudad. Si Los Nombres llenan es porque contagian de ganas a quienes van a verlos y todos se sienten parte de lo mismo. Y esto no puede ser sencillamente un cambio de generación, al contrario, quizás sea convergencia de generaciones. Quizás la sorpresa venga directo hacia nosotros como un meteorito invisible.
Que venga y nos aplaste.




Han
El Maestro Juan García Esquivel
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